Yaicelín Palma Tejas
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Las Tunas.- La locución en Las Tunas tiene muchos nombres, pero sin dudas hay uno que sobresale por su popularidad y carisma. Cada primero de diciembre, Día del Locutor, se recuerda con regocijo a Rafael Urbino Santoya, fenomenal hombre de radio que hizo de la voz y del micrófono las razones de su existencia.
Para aquellos que como yo no lo conocimos, recibimos las referencias del pueblo tunero, que aún permanece afligido por la desaparición de quien fue una de las figuras cubanas más relevantes de la profesión en todos los tiempos.
Con más de seis pies de estatura y su inmortal tabaco entre los labios, lo recuerdan las masas con las que jamás dejó de identificarse, pues desde la cabina de transmisión extendió un hilo conductor hasta sus oyentes, y hoy todas las peñas del gremio lo citan y lo admiran como paradigma para los que comienzan.
Aún se extraña su presencia en los carnavales tuneros, ocasión propicia para que Urbino mostrara las dotes de comunicador y de chistoso que siempre fue. Entonces su voz devenía música, alegría, carcajada, incentivo para el esparcimiento.
Dicen los que lo conocieron que ante el micrófono su actuación profesional rozaba la frontera de la excelencia, con su voz grave y fuerte, capaz de desdoblarse en una variada gama de matices, desde ambientar con ritmos populares la producción para un festejo familiar, hasta radiar un mensaje con el anuncio de un fallecimiento.
La historia de la radio en Las Tunas estaría incompleta si se obvia el legado de Rafael Urbino Santoya, que más que locutor, fue un auténtico referente del micrófono. Tan honda huella dejó que una cátedra tunera de radio ostenta su nombre y también se premian con él los honores por la Obra de la Vida.




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